viernes, 3 de abril de 2009

ला Bruma

La bruma, es siempre esa bruma… lo brumoso no es obscuro… no es horrible… solo es gris, monótono, impenetrable, misterioso e incitante, esa sensación de soledad, de aislamiento crudo de después de la bruma, esa es la verdadera realidad del verano, el alejamiento lento de las gotas de roció, y después de la bruma siempre viene otra lluvia y después el estío estacionario, las nubes cubriendo el cerro y la niebla que baja cubriendo poco a poco el valle y deja después solo una especie de niebla ligera que se disipa eventualmente junto con el violento viento del aguacero que mece las copas de los resbalosos cazahuates … las huellas sobre la hojarasca esa nebulosa conclusión que acaba en la saliva dentro de una taza de café caliente.
La bruma, la bruma de esa tarde, lejana impenetrable, espesa como la nube de leche en mi te de frutas rojas, más abajo el lodazal; -destrózame- parecen murmurar las canteras de la jardinera mientras un tenue lodo verdoso escurre entre ellas yendo a parar en caudalosos riachuelos a las piedras pseudomarmoreas de la cochera incompleta, y el agua escurre sobre la madera nueva que poco a poco disminuye en su virginidad y se convierte en muebles. Y mas allá los bambúes trozados en tres, los bambúes condenados a su vida en detrimento de su propio derecho como vegetal ¿Cómo sería la calle sin esos delgados tallos verdes que se elevan en plegarias no oídas?, la lodosa pregunta permanece en el parabrisas empañado de ese Tsuru verde maltratado que sale de la cochera seguido por ese auto desconocido, jamás visto, el alemán sale de su casa con su excéntrica y descuidada presencia de europeo en provincia mexicana, nadie queda en esa cárcel literal que es su casa, rodeada de cercas altas y frágiles al mismo tiempo, la paranoia de la paradoja de la inseguridad (¿es aplicable el termino?) Inseguridad genera inseguridad, es el miedo natural a la perdida,
El alemán.. no se cuando llego, solo recuerdo que se empezó a hablar de el cuando menos me importaba, yo refundido en mi alcoba, con una cobija encima, huyendo de mis problemas sin importancia, o quizás fue entes cuando tuve mi primer encuentro con irrealidad del imaginario máximo, estando un instante, tan solo uno, mas allá de esta realidad, solo recuerdo que el alemán llego y no se fue, el alemán, como cualquier extranjero, jamás lo he visto, solo sé que existe, refundido en su prisión voluntaria como un asceta inútil, esperando nada, es mas siempre dudaba de su existencia, o de si en realidad era un alemán o solo era un eufemismo para evitar decirle gringo a un holandés quizá, como la vecina que tenía en aquel (que solo en mi discernimiento mas reciente) deprimente apartamento frente al decrepito edificio que nunca supe que era.
La lluvia comenzó de nuevo, arreciando poco a poco como un crescendo hasta disminuir graciosamente en un tenue llovizna, un llovizna con ritmo de soneto, las gotas caían una a una mojando el piso recién lavado, jamás volvimos a mencionar al alemán, cosa normal, siempre estuve seguro que ese extraño asceta perdería importancia en la sobremesa de la hora de comer, pero llego a parecerme raro en algún punto, cuando las lluvias acabaron, logre ver de nuevo ese coche extraño y familiar al mismo tiempo en la cochera del alemán haciéndose viejo, descuidándose y volviéndose decrepito, no recordaba haber visto a ese auto estacionarse de nuevo, esa tarde simplemente volví a meterme a refundirme en mi alcoba a refugiarme de la extraña bruma de esa tarde de julio… estaba demasiado eufórico para quedarme en la lluvia.
La bruma volvió dos o tres veces más, cada verano hasta que deje de verla por un tiempo, estoy seguro que seguía trayendo ese sosiego frente a mi casa, acompañada de la lluvia que inundaba mi jardín y mataba a los peces del estanque, fue finalmente una tarde, una tarde de agosto tan brumosa como acostumbran a ser los días lluviosos y a la vez extraños que regrese y vi la bruma interrumpida por las luces rojas y azules de las patrullas y la sirena de una ambulancia, la puerta de la prisión del alemán estaba abierta y unos hombres levantaban un bulto envuelto con una sabana blanca, no falto que Deborah me agarrara del brazo para que supiera que había pasado, la bruma había vuelto y esa figura extraña distante, estaba frente a mí, inerte y con ese tufo a viejo, los forenses dijeron que llevaba por lo menos dos semanas muerto, pero el polvo escurrido en su auto no contrariaba mis alucinaciones, la bruma lo había destrozado y preservado al mismo tiempo para volverlo a encontrar esa tarde de agosto.

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