I
El camino es largo y un tanto polvoso/ la noche no cae tan temprano/ hay sombras confusas entre los maizales/ Las sombras inertes de sauces creciendo/ Mario Sandoval camina despacio y con paso firme, con el puño apretado y seguido de cerca por sus compinches/ Mario Sandoval con su boina del Che y su bibliografía maoísta en el morral que cuelga de sus hombros/ Mario está un tanto cansado pero sigue sonriendo/ la barba rala de tres días/ y Juan Camarena, ese chico jovial con sonrisa de labios ardiendo, y Tomas Santiago con su mirada incrédula/ Mario empieza a hablar, con su voz fluida de discurso/ sofismos pronunciados en nombre de la prole de la patria/ las palabras inundan el aire ligero, y el polvo que se levante con los zapatos, las pisadas de Pedro, concisas sobre la tierra, y Pedro lo mira con mirada fija, sus ojos de orgullo centrados en Pablo/ El camino es largo y polvoso y largo, y largo y polvoso y largo/ y la sombra difusa de cazahuates contorneando el jagüey del centro del campo, la hacienda cayendo con sus adobes derruidos, y los cactus creciendo entre las rendijas… rendijas/ Naturalmente están cansados, pero el discurso necio de Mario los calma, los alimenta, los nutre de ideas que fluyen directo a su centro trágico, su centro sutil, trágico sutil, retahíla de conceptos inentendibles indescifrables; pero es que Mario habla con esa pasión y convierte la ignorancia en un potente hierro; y se abalanza con fiereza mental sobre el que lo contraria, en discusiones retóricas con argumentos sencillos y determinantes, e incluso le han llegado a decir maestro y Mario los mira con comprensibilidad, rozando la lastima, e incluso le ha tocado la lluvia de verano a mitad del campo y mas de una buena mujer le presta techo (y cama)/ y ya mas tarde, con el sol puesto, y el crepúsculo rompiendo en fragmentos, la silueta de crucifixión aparece augusta, y el viento mece las copas de los cazahuates.
II
Jose habla de su hijo con orgullo, sus mejillas se enrojecen cuando charla con su hermano, y le dice que Mario ya esta muy cambiado, pero el ya sabe que incluso que Mario no es su hijo, porque el imbécil de Jose no tuvo los huevos en la noche de bodas, y la “desgraciada” Mariana Sandoval salió a dar una vueltas por el pueblo para satisfacer sus bajos instintos, pero a Mario no le importa porque el vio nacer a Mario, y el también es el que veía a Mario decir papa y mama, y tienda y mercado, y leer los libros del profesor don Joaquin Bautista, siempre con su estrella roja en la solapa, y a los diez años ya hablaba de cambiar al mundo, y hablaba con pasión y coraje, segur de sus dichos, sin arrepentirse de nada, de ninguna palabra que sus labios entrecerrados pronuncien, y se enfrentaba hablando de dialéctica y del proletario, mientras el cura lo veía con mirada de desaprobación y el Agente de concepción y el corrupto del sindico lo veían divertidos, a ese niño de metro y medio parado sobre un guacal hablando de cosas que nadie entendía, y Jose seguía/sigue hablando mientras Joaquin solo le dice que bueno Pepe, ¿ya creció el niño Mario no?, si dice Jose y clava con fuerza, y taladra con vigor en un tablón de nogal.
Las sutilezas de Mariana con Jose son tan corteses y comunes que Jose hace tiempo dejo de darse cuenta de ellas, ¿no Jose?, Las sutilezas de Mariana con Jose se circunscriben al entorno domestico, cuando Jose llega y no toca a Maria, y llega a dormir todo húmedo de sudor empapado de sudor, con esa enorme mancha en la camisa gris sucia de aserrín, Las sutilezas de Mariana con Jose son simples, como dardos que atacan sin quererlo el ego masculino de Él. Mariana lo mira a la mesa, comer como cerdo, en la silla forrada de hule, con patas de cedro, y el juego de cubiertos de su regalo de bodas, los vasos ribeteados con formas y figuras de distintos colores y grosores, y e gris de la vajilla china, el color cafe obscuro de la madera, madera del reloj, y madera de la mesa, de los muebles, del sillón de la cama, del sofá y de la puerta, la alacena verde obscuro con puerta de conglomerado, el techo de aplanado, a duras penas iluminado con un par de candelabros en forma de araña, las sobras se proyectan y mas a mitad de la tarde, después de la siesta de Jose que paga la tele y se larga sin decir adiós, luego Mariana ya no lo espera si llega o no, si llega que bueno a mitad de la noche para hacer el lecho mas incomodo, o no llega en todo el día, ella no se levanta para hacerle el desayuno y puede dormir mas tarde, y ella no tiene que ir a misa el domingo hasta que llega llorando a mitad de la mañana cuando Mariana esta embebida en sus pensamientos abstractos-absurdos y solo lo mira con una mirada insensible y le sirve un plato de lentejas frías.
Las mañanas como esa son algo cansado para Mariana que saluda a su hijo y le da un vaso de agua, o un poco de queso y le pregunta de su vida y Mario se queja del pueblo, y le cuenta que esto o lo otro, lo escucha con atención y le da otro vaso de agua, y luego le dice que ya llego su padre y llega Jose y lo saluda, pero se ruboriza, Jose se ruboriza a pesar de su tez obscura, y Mario lo saluda como un camarada y le cuenta de carpinterías publicas, donde cualquiera llega y usa la madera, y le cuenta de utopias donde el no pierde nada por trabajar, y donde va tener lo mismo que su vecino, y donde todo es de todos y nada es de nadie, y Jose no entiende pero sonríe, a Jose no le importa realmente lo que diga pero se oye bonito y lo hace sentir importante...
III
Mario entra al pueblo aun con vigor y fuerza, con sudor en su frente y mucho sueño, y un deseo enorme de tomar agua, a la entrada lo miran con: Angustia, Dolor y Desconfianza, Zisaña, miedo y desaprobación, Orgullo Admiración y Aprecio, le escupen lo miran y hablan a sus espaldas, y lo abrazan y un par de putas le coquetean y el le responde que va haber un momento en que haya todo para todos, y ellas ríen jocosamente, y le dicen al oído con esa voz sensual que ellas ya saben y que ellas eso quieren, que hay Mario para todas, y se hechan a reír, una carcajada sonora que resuena por las callejuelas en penumbras, y sus amigos lo ven todos con caras divertidas, Mario sigue alegre feliz y altivo, pues como no si ahora es que todo el maldito mundo va saber quien es Mario Sandoval, y a Mario le excita la idea, se pellizca la piel por la emoción, se olvida del dolor y del cansancio, y camina un poco mas, por entre las calles largas y laberínticas en la noche virgen de crucifixión.
Domingo Ramos es una calle recta y larga, que corre desde la entrada del pueblo por la carretera federal y desemboca en una plaza amplia y limpia junto a la parroquia del sagrado corazón, y junto al palacio y la agencia, y a su alrededor el mercado y todo lo demás que necesita un pueblo suburbano, los faroles están a intervalos regulares y los carteles con pegamento están en cada pared de cada comercio, y ya casi todos saben quien es Mario Sandoval y que diablos hace en crucifixión, e incluso la vieja de Maria Anaya que lo conoce porque sus padres lo llevaron al registro civil, y la cocinera del hotel Julian Acosta, y los ex-borrachos de la calle Lazaro R., y cuando Mario entra por domingo Ramos la gente se para un momento en la calle para verlo venir, la gente con morbo porque sabe quien es el, y sabe que va hacer algo, mal, va hacer algo muy bueno, Mario Sandoval solo les sonríe con esa hilera de dientes ligeramente chuecos y amarillentos pero con una sonrisa sincera...
jueves, 29 de octubre de 2009
martes, 13 de octubre de 2009
Los Hommes de la terre I
Les Hommes de la Terre
Y era el fin; y mientras nos dábamos cuenta caminábamos por la ciudad en silencio, apenas iluminada por unos cuantos faroles que se apagaban y encendían y en donde las palomillas retozaban con la luz escapista, un par de ruidos lejanos disimularon nuestra vagancia pero las calles en silencio casi sepulcral, y también de vez en cuando un sirena alteraba la calma demencial de esas callejuelas perdidas en un mapa enorme, entonces alguien se fumo un cigarrillo, un cigarrillo arrugado que llevaba en el bolsillo, hace ya tiempo que habíamos dejado de tener frío, usábamos los viejos abrigos rotos como laminadas a mitad de las lloviznas de verano, bajo cualquier puerta mal iluminada o una casa ruinosa donde el silencio y los gatos habían de las suyas, el olor a tabaco nos infundio mas fuerzas, pero esas fuerza débiles sin sentido, ni siquiera ya nosotros hablábamos, solo nos mirábamos con ojos lejanos y tristes como resignados al resto del tiempo, un tiempo algo absurdo cuyo final nos venia acechando desde que salimos de la Catedral.
Allí van la cinco sombras, lejanas y separadas entre ellas, pero unidas por esa gravedad imponente que dejan a su paso sus ojos lejanos de moribundos, como leprosos condenados a morir lejos del pueblo, pero no son leprosos y están en pleno centro de la ciudad, buscando un camino iluminado donde despilfarrar su tiempo absurdo que se pierde en cada esquina, y con los autos que pasan en las semidesiertas calles rotas y divididas por barricadas improvisadas, hoy no hay ruido de cuetones, hoy no hay nada, las barricadas abandonadas, esos hombres ya muertos son los únicos que vagan por las calles en calma, y uno sangra por la nariz y poco a poco la espesa sangre va recorriendo su rostro hasta llegar a sus labios partidos por la ventisca lluviosa, esa noche no hace frío ni esta lloviendo, pero la tierra, el asfalto huele a lluvia, y cerca de los bordes de los riachuelos de aguas negras que discurren silenciosos por la ciudad en el caos, el ruido de los grillos parece implorar la lluvia, comienza cerrarse el cielo, y la penumbra se adueña de todo, las nubes cubren la luna y las estrellas, solo la tenue luz de los faroles fundiéndose en las calles moribundas, se siente ese aire mórbido, pesado, como un funeral perpetuo y el ruido de una sirena que altera la calma fúnebre del silencio, un pacto implícito solo por esa noche cruel, y las cinco sombras se deslizan por doquier, siempre juntas y unidas, dejando ese rastro fatal a su paso, como fantasmas vivos que se consumen instante tras instante, aparecieron de pronto como esos escarabajos negros, justo después de la lluvia, pero nadie noto su presencia, porque ese día el aire no olía a humo y la calma virginal se percibía como una presión aun mayor que el caos, las sombras están por aquí y por allá, con sus lamentos silenciosos, y acompasados al ritmo del tiempo, nadie los miar y nadie se pregunta que hacen allí, y las sombras, acostumbrados a la niebla lluviosa, no ven mas allá que su próxima pisada.
Y ya no siento las piernas, y mis pies están fríos por la sangre derramada, mi pantalón es una sopa sanguinolenta, ya no tengo vida, la vida se escapa como el sudor de mis sienes, y lo mismo ellos, se tropiezan pero aun así siguen, moribundos y agónicos, pisando los trozos de vidrio desparramados aquí y allá en esas callejuelas solitarias.
Muy lento, muy lento, muy lento comienza a lloviznar y al cabo de un rato discurren serenos arroyos por el canal de las aceras, unas cuantas ranas cantan en el arroyo de Xochimilco, una marcha fúnebre para las sombras que se mueven lentas por la calle húmeda, el ritmo de la lluvia es el ritmo del tiempo el golpeteo suave extasiado a momentos por los autos o por sirenas, o por gritos o chiflidos incidentales que comienzan a romper la calma nocturna, amanece domingo, pero sigue tan obscuro como al anochecer de sábado, esos enormes nubarrones no se despegan del cielo, se aferran a el como un pequeño a su madre, y como amanece comienza a hacer frío, ese frío húmedo e intenso que cala hasta los huesos, pero las sombras ya no tienen tan siquiera huesos, ya no sienten el frío y se notan pálidos mas pálidos ahora, y caminan arrastrando los pies por todo el camino del acueducto, las manchas de sangre que dejan a su paso se evaporan lentamente con los primeros rayos del sol que se antoja agonizante.
Y ellos ya sienten la agonía que les pesa en la espalda, la sangre solidificada en su rostro que no se molestan en limpiar, los pantalones rígidos y acartonados, el sabor a vomito y sangre, ese olor nauseabundo a muerto, ese olor que despiden y que atrae a dos gavilanes, el cielo se ve morado y naranja, y de pronto es del mismo color que la sangre de las sombras, la sangre que derraman por sus heridas, en sus pies destrozados y descalzos ya, en sus manos casi negras por el frío, y en sus ojos hinchados por no haber dormido días, ya se tropiezan con todo, siguen en línea recta, dispersos y se van uniendo a medida que el día comienza a clarear y se distinguen dos o tres cantos de gallos a la distancia, y un par de cuetes anunciando que llego el domingo y la ciudad sigue jodida.
Ya no puedo, seguir mis pierna se mueven pero yo no siento, estamos lejos, yo al menos estoy lejos, ya no siento nada ni el par de vidrios encajados en mis pies, estoy lejos, como para ver las luce apagarse y el cielo tornarse gris claro y los primero rayos colarse por ahí, y escuchar las llamadas a misa de ocho y los altavoces con la radio a todo volumen, pero cada vez estoy mas lejos, ya no distingo nada mas, solo algunos ruidos dispersos, y se que los demás están allí, tumbados, mórbidos agonizantes, pero ya no sentimos, somos insensibles ahora, somos como las rocas, y eso somos, somos polvo… somos tierra… somos los hombres de la tierra, y aun así tenemos miedo a morir….
Allí estaban los cinco, en la hierba tumbados junto a las rocas puntiagudas, mientras el aire se llenaba con el hedor de las llantas quemadas y el panorama con los reflejos distantes de espejos en los techos, un helicóptero paso rozando el cielo gris, y un par de tiros en la distancia difusos, como la vista de los 5 hombres agonizantes tumbados sobre la hierba junto a las rocas puntiagudas.
Y yo sabia que era el fin.
Y era el fin, y mientras nos dábamos cuenta nos convertimos en estatuas de sal, y mientras moríamos, agonizábamos, el cielo se torno azul, y los rayos de sol e deslumbraron, y era el fin… allá lejos unos cuantos tiros y el humo se disuelven en el aire enrarecido, allí abajo unas campanas llaman a misa de ocho, y sobre los cuerpos inertes se posan los gavilanes y el viento mece las copas de los cazahuates.
Y era el fin; y mientras nos dábamos cuenta caminábamos por la ciudad en silencio, apenas iluminada por unos cuantos faroles que se apagaban y encendían y en donde las palomillas retozaban con la luz escapista, un par de ruidos lejanos disimularon nuestra vagancia pero las calles en silencio casi sepulcral, y también de vez en cuando un sirena alteraba la calma demencial de esas callejuelas perdidas en un mapa enorme, entonces alguien se fumo un cigarrillo, un cigarrillo arrugado que llevaba en el bolsillo, hace ya tiempo que habíamos dejado de tener frío, usábamos los viejos abrigos rotos como laminadas a mitad de las lloviznas de verano, bajo cualquier puerta mal iluminada o una casa ruinosa donde el silencio y los gatos habían de las suyas, el olor a tabaco nos infundio mas fuerzas, pero esas fuerza débiles sin sentido, ni siquiera ya nosotros hablábamos, solo nos mirábamos con ojos lejanos y tristes como resignados al resto del tiempo, un tiempo algo absurdo cuyo final nos venia acechando desde que salimos de la Catedral.
Allí van la cinco sombras, lejanas y separadas entre ellas, pero unidas por esa gravedad imponente que dejan a su paso sus ojos lejanos de moribundos, como leprosos condenados a morir lejos del pueblo, pero no son leprosos y están en pleno centro de la ciudad, buscando un camino iluminado donde despilfarrar su tiempo absurdo que se pierde en cada esquina, y con los autos que pasan en las semidesiertas calles rotas y divididas por barricadas improvisadas, hoy no hay ruido de cuetones, hoy no hay nada, las barricadas abandonadas, esos hombres ya muertos son los únicos que vagan por las calles en calma, y uno sangra por la nariz y poco a poco la espesa sangre va recorriendo su rostro hasta llegar a sus labios partidos por la ventisca lluviosa, esa noche no hace frío ni esta lloviendo, pero la tierra, el asfalto huele a lluvia, y cerca de los bordes de los riachuelos de aguas negras que discurren silenciosos por la ciudad en el caos, el ruido de los grillos parece implorar la lluvia, comienza cerrarse el cielo, y la penumbra se adueña de todo, las nubes cubren la luna y las estrellas, solo la tenue luz de los faroles fundiéndose en las calles moribundas, se siente ese aire mórbido, pesado, como un funeral perpetuo y el ruido de una sirena que altera la calma fúnebre del silencio, un pacto implícito solo por esa noche cruel, y las cinco sombras se deslizan por doquier, siempre juntas y unidas, dejando ese rastro fatal a su paso, como fantasmas vivos que se consumen instante tras instante, aparecieron de pronto como esos escarabajos negros, justo después de la lluvia, pero nadie noto su presencia, porque ese día el aire no olía a humo y la calma virginal se percibía como una presión aun mayor que el caos, las sombras están por aquí y por allá, con sus lamentos silenciosos, y acompasados al ritmo del tiempo, nadie los miar y nadie se pregunta que hacen allí, y las sombras, acostumbrados a la niebla lluviosa, no ven mas allá que su próxima pisada.
Y ya no siento las piernas, y mis pies están fríos por la sangre derramada, mi pantalón es una sopa sanguinolenta, ya no tengo vida, la vida se escapa como el sudor de mis sienes, y lo mismo ellos, se tropiezan pero aun así siguen, moribundos y agónicos, pisando los trozos de vidrio desparramados aquí y allá en esas callejuelas solitarias.
Muy lento, muy lento, muy lento comienza a lloviznar y al cabo de un rato discurren serenos arroyos por el canal de las aceras, unas cuantas ranas cantan en el arroyo de Xochimilco, una marcha fúnebre para las sombras que se mueven lentas por la calle húmeda, el ritmo de la lluvia es el ritmo del tiempo el golpeteo suave extasiado a momentos por los autos o por sirenas, o por gritos o chiflidos incidentales que comienzan a romper la calma nocturna, amanece domingo, pero sigue tan obscuro como al anochecer de sábado, esos enormes nubarrones no se despegan del cielo, se aferran a el como un pequeño a su madre, y como amanece comienza a hacer frío, ese frío húmedo e intenso que cala hasta los huesos, pero las sombras ya no tienen tan siquiera huesos, ya no sienten el frío y se notan pálidos mas pálidos ahora, y caminan arrastrando los pies por todo el camino del acueducto, las manchas de sangre que dejan a su paso se evaporan lentamente con los primeros rayos del sol que se antoja agonizante.
Y ellos ya sienten la agonía que les pesa en la espalda, la sangre solidificada en su rostro que no se molestan en limpiar, los pantalones rígidos y acartonados, el sabor a vomito y sangre, ese olor nauseabundo a muerto, ese olor que despiden y que atrae a dos gavilanes, el cielo se ve morado y naranja, y de pronto es del mismo color que la sangre de las sombras, la sangre que derraman por sus heridas, en sus pies destrozados y descalzos ya, en sus manos casi negras por el frío, y en sus ojos hinchados por no haber dormido días, ya se tropiezan con todo, siguen en línea recta, dispersos y se van uniendo a medida que el día comienza a clarear y se distinguen dos o tres cantos de gallos a la distancia, y un par de cuetes anunciando que llego el domingo y la ciudad sigue jodida.
Ya no puedo, seguir mis pierna se mueven pero yo no siento, estamos lejos, yo al menos estoy lejos, ya no siento nada ni el par de vidrios encajados en mis pies, estoy lejos, como para ver las luce apagarse y el cielo tornarse gris claro y los primero rayos colarse por ahí, y escuchar las llamadas a misa de ocho y los altavoces con la radio a todo volumen, pero cada vez estoy mas lejos, ya no distingo nada mas, solo algunos ruidos dispersos, y se que los demás están allí, tumbados, mórbidos agonizantes, pero ya no sentimos, somos insensibles ahora, somos como las rocas, y eso somos, somos polvo… somos tierra… somos los hombres de la tierra, y aun así tenemos miedo a morir….
Allí estaban los cinco, en la hierba tumbados junto a las rocas puntiagudas, mientras el aire se llenaba con el hedor de las llantas quemadas y el panorama con los reflejos distantes de espejos en los techos, un helicóptero paso rozando el cielo gris, y un par de tiros en la distancia difusos, como la vista de los 5 hombres agonizantes tumbados sobre la hierba junto a las rocas puntiagudas.
Y yo sabia que era el fin.
Y era el fin, y mientras nos dábamos cuenta nos convertimos en estatuas de sal, y mientras moríamos, agonizábamos, el cielo se torno azul, y los rayos de sol e deslumbraron, y era el fin… allá lejos unos cuantos tiros y el humo se disuelven en el aire enrarecido, allí abajo unas campanas llaman a misa de ocho, y sobre los cuerpos inertes se posan los gavilanes y el viento mece las copas de los cazahuates.
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