Les Hommes de la Terre
Y era el fin; y mientras nos dábamos cuenta caminábamos por la ciudad en silencio, apenas iluminada por unos cuantos faroles que se apagaban y encendían y en donde las palomillas retozaban con la luz escapista, un par de ruidos lejanos disimularon nuestra vagancia pero las calles en silencio casi sepulcral, y también de vez en cuando un sirena alteraba la calma demencial de esas callejuelas perdidas en un mapa enorme, entonces alguien se fumo un cigarrillo, un cigarrillo arrugado que llevaba en el bolsillo, hace ya tiempo que habíamos dejado de tener frío, usábamos los viejos abrigos rotos como laminadas a mitad de las lloviznas de verano, bajo cualquier puerta mal iluminada o una casa ruinosa donde el silencio y los gatos habían de las suyas, el olor a tabaco nos infundio mas fuerzas, pero esas fuerza débiles sin sentido, ni siquiera ya nosotros hablábamos, solo nos mirábamos con ojos lejanos y tristes como resignados al resto del tiempo, un tiempo algo absurdo cuyo final nos venia acechando desde que salimos de la Catedral.
Allí van la cinco sombras, lejanas y separadas entre ellas, pero unidas por esa gravedad imponente que dejan a su paso sus ojos lejanos de moribundos, como leprosos condenados a morir lejos del pueblo, pero no son leprosos y están en pleno centro de la ciudad, buscando un camino iluminado donde despilfarrar su tiempo absurdo que se pierde en cada esquina, y con los autos que pasan en las semidesiertas calles rotas y divididas por barricadas improvisadas, hoy no hay ruido de cuetones, hoy no hay nada, las barricadas abandonadas, esos hombres ya muertos son los únicos que vagan por las calles en calma, y uno sangra por la nariz y poco a poco la espesa sangre va recorriendo su rostro hasta llegar a sus labios partidos por la ventisca lluviosa, esa noche no hace frío ni esta lloviendo, pero la tierra, el asfalto huele a lluvia, y cerca de los bordes de los riachuelos de aguas negras que discurren silenciosos por la ciudad en el caos, el ruido de los grillos parece implorar la lluvia, comienza cerrarse el cielo, y la penumbra se adueña de todo, las nubes cubren la luna y las estrellas, solo la tenue luz de los faroles fundiéndose en las calles moribundas, se siente ese aire mórbido, pesado, como un funeral perpetuo y el ruido de una sirena que altera la calma fúnebre del silencio, un pacto implícito solo por esa noche cruel, y las cinco sombras se deslizan por doquier, siempre juntas y unidas, dejando ese rastro fatal a su paso, como fantasmas vivos que se consumen instante tras instante, aparecieron de pronto como esos escarabajos negros, justo después de la lluvia, pero nadie noto su presencia, porque ese día el aire no olía a humo y la calma virginal se percibía como una presión aun mayor que el caos, las sombras están por aquí y por allá, con sus lamentos silenciosos, y acompasados al ritmo del tiempo, nadie los miar y nadie se pregunta que hacen allí, y las sombras, acostumbrados a la niebla lluviosa, no ven mas allá que su próxima pisada.
Y ya no siento las piernas, y mis pies están fríos por la sangre derramada, mi pantalón es una sopa sanguinolenta, ya no tengo vida, la vida se escapa como el sudor de mis sienes, y lo mismo ellos, se tropiezan pero aun así siguen, moribundos y agónicos, pisando los trozos de vidrio desparramados aquí y allá en esas callejuelas solitarias.
Muy lento, muy lento, muy lento comienza a lloviznar y al cabo de un rato discurren serenos arroyos por el canal de las aceras, unas cuantas ranas cantan en el arroyo de Xochimilco, una marcha fúnebre para las sombras que se mueven lentas por la calle húmeda, el ritmo de la lluvia es el ritmo del tiempo el golpeteo suave extasiado a momentos por los autos o por sirenas, o por gritos o chiflidos incidentales que comienzan a romper la calma nocturna, amanece domingo, pero sigue tan obscuro como al anochecer de sábado, esos enormes nubarrones no se despegan del cielo, se aferran a el como un pequeño a su madre, y como amanece comienza a hacer frío, ese frío húmedo e intenso que cala hasta los huesos, pero las sombras ya no tienen tan siquiera huesos, ya no sienten el frío y se notan pálidos mas pálidos ahora, y caminan arrastrando los pies por todo el camino del acueducto, las manchas de sangre que dejan a su paso se evaporan lentamente con los primeros rayos del sol que se antoja agonizante.
Y ellos ya sienten la agonía que les pesa en la espalda, la sangre solidificada en su rostro que no se molestan en limpiar, los pantalones rígidos y acartonados, el sabor a vomito y sangre, ese olor nauseabundo a muerto, ese olor que despiden y que atrae a dos gavilanes, el cielo se ve morado y naranja, y de pronto es del mismo color que la sangre de las sombras, la sangre que derraman por sus heridas, en sus pies destrozados y descalzos ya, en sus manos casi negras por el frío, y en sus ojos hinchados por no haber dormido días, ya se tropiezan con todo, siguen en línea recta, dispersos y se van uniendo a medida que el día comienza a clarear y se distinguen dos o tres cantos de gallos a la distancia, y un par de cuetes anunciando que llego el domingo y la ciudad sigue jodida.
Ya no puedo, seguir mis pierna se mueven pero yo no siento, estamos lejos, yo al menos estoy lejos, ya no siento nada ni el par de vidrios encajados en mis pies, estoy lejos, como para ver las luce apagarse y el cielo tornarse gris claro y los primero rayos colarse por ahí, y escuchar las llamadas a misa de ocho y los altavoces con la radio a todo volumen, pero cada vez estoy mas lejos, ya no distingo nada mas, solo algunos ruidos dispersos, y se que los demás están allí, tumbados, mórbidos agonizantes, pero ya no sentimos, somos insensibles ahora, somos como las rocas, y eso somos, somos polvo… somos tierra… somos los hombres de la tierra, y aun así tenemos miedo a morir….
Allí estaban los cinco, en la hierba tumbados junto a las rocas puntiagudas, mientras el aire se llenaba con el hedor de las llantas quemadas y el panorama con los reflejos distantes de espejos en los techos, un helicóptero paso rozando el cielo gris, y un par de tiros en la distancia difusos, como la vista de los 5 hombres agonizantes tumbados sobre la hierba junto a las rocas puntiagudas.
Y yo sabia que era el fin.
Y era el fin, y mientras nos dábamos cuenta nos convertimos en estatuas de sal, y mientras moríamos, agonizábamos, el cielo se torno azul, y los rayos de sol e deslumbraron, y era el fin… allá lejos unos cuantos tiros y el humo se disuelven en el aire enrarecido, allí abajo unas campanas llaman a misa de ocho, y sobre los cuerpos inertes se posan los gavilanes y el viento mece las copas de los cazahuates.
martes, 13 de octubre de 2009
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