Yo estuve aquí.
No estuve, estoy,
aun con la mirada fija en el horizonte, yo estaré aquí, aún con las palabras vacías de razón.
No estoy aquí, aunque mis manos digan lo contrario, aunque mi pelo se mueva al compás del susurro de Eolo, no estoy aquí, aunque mi mente se pierda entre los escondrijos pétreos de las estatuas barrocas.
No estoy aquí, y esto no es una fantasía, no estoy aquí,
Estoy aquí en cuerpo y alma, con sentidos y de corazón, siendo parte del paisaje, siendo un espectador, pero no estoy aquí.
No estoy aquí, siendo parte de la fiesta.
Siendo parte del botín.
Yo estaré aquí, cuando esto quede desierto, cuando en los recuerdos no queden mas que filosas hojas de metal.
Yo estaba aquí.
Cuando moriste, solo que lejos, agazapado entre la maleza.
Y cuando reapareciste en un renacimiento vil.
No estoy aquí.
Aunque vea tus ojos fundirse con los contornos vegetales de las montañas perfiladas por el azul.
Nadie esta aquí.
Solo el vapor de lo que fueron, solo la sombra de lo que hicieron.
Es triste sabernos desolados.
Nadie esta aquí.
Aunque sepamos que el paisaje existe.
Aunque sabemos que lo que es, es y nunca dejara de ser
Aunque sintamos nuestros cuerpos pesados chocando contra las rocas.
Nadie esta aquí.
Es solo un espejismo.
Nada esta aquí.
Solo algunas tretas de la razón.
No hay Alguienes hay algos.
No hay algos hay nadas.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
Les Hommes de la Terre IV
Los encontraron tiesos y ya su carne se la habían comido los gusanos, estaban deformes irreconocibles, con sus ropas hechas jirones, pero en la expresión de sus cráneos ( a pesar de sus facciones perdidas) se leía un gesto de completa serenidad.
Están todos tiesos y…-
-Ay mi capi- dijo el mocho con una sonrisa dibujada en su cara morena –yo con esas si no me meto-
-cállate pinche mocho o te parto la madre-
-nomas no se me agrande mi capi- dijo el mocho guiñándole un ojo –ya sabe que aquí trabajamos juntos, ya sabe usté cooperación mutua y solidaridá-
.vele bajando pinche mocho- el capitán galeana esbozo una sonrisa –tenemos chamba y tengo que darle de comer a los muchitos-
El capitán galeana anota y habla por el radio, el mocho juega con los cadáveres, revuelve con una varita de madera los huesos astillados de los muertos.
-nombre estos nomas se vinieron aquí a morirse-
-no mi capi- el mocho se mostraba visiblemente emocionado –a este si le dieron un santo fregadazo.
El fémur estaba partido en dos, unido solo por una astilla de hueso, un poco mugroso se llegaba a ver de un tano claro de café del color de la tierra.
Apestaban.
Los cuerpos exhalaban un aroma podrido pero ligeramente suave, como a frutas silvestres fermentándose.
El arrollo corría lejos.
El radio vibro y sonó la alarma. El capitán galeana se limpia el sudor de la frente, una frente amplia con surcos por fruncirla tanto
-¿Qué pasa mi capi?
El Capitán se pasea de un lado a otro con su radio en la mano, no es capitán es oficial o teniente o un loco vestido de policía reportando cadáveres.
-Mejor aquí los dejamos no sea la de malas y se nos vayan a pudrir en la cajuela y vas a ver en que nos vamos a meter pinché mocho, no se vaya armar un pancho si encuentran a los ¿Cómo les dicen?, a simón los deudos- el capitán galeana mira al mocho por encima del hombro , el mocho sigue jugando con los huesos de allí juntos, el radio vuelve a sonar “no pues estamos aquí en el ejido, no no mames wey, no friegues, chinga tu madre pendejo”, el Capitán le hace un seña al mocho y entran a la patrulla, el Capitán sigue a la radio, cuelga
-Órale pinche mocho vamos por unas tortas, que no mames con este pinche calor ya me dio hambre
-Sales valedor que ya me ruge la tripa- el mocho se ríe, estornuda y se acomoda los jeans que se le van cayendo.
El mocho se gana la vida con las propinas que el capi le da por hacerle favores ya en la noche, en la mañana se va con el camionero Diego que vive junto a su casa de materiales y piso firme del que regala el gobierno, por toda la ruta que llega al estadio y a los viveros, y ahí va gritando las paradas del camión, y los pulmones se le atoran cuando los domingos invariablemente el camión no pasa frente al tianguis y exhala ese vapor que lo hace toser y le deja en la boca ese sabor molesto de caucho quemado, y ahí platicando con don Diego se entera de las tragedias cotidianas de la colonia y de los compañeros al volante de don Diego, el viejo chimuelo que maneja un camión con mil anécdotas, al final del día, de su día, a las siete de la tarde se baja frente a la estación de polis y don Diego le da su propina, el Mocho se baja con las monedas en el bolsillo izquierdo que es el que no está roto, a veces cuando el Capi Galeana no esta se queda con don Diego hasta en la noche y don Diego le invita unas tortas o algunas noches se queda en el camión con la botella de cerveza que le regalan los de la otra ruta mientras ellos se divierten en esa casa desahuciada con las ventanas rotas rodeada de mujeres con apariencia fácil, el Mocho sabe bien que pasa alla dentro pero no dice nada, solo mira a don Diego subir cansado para llevarse su mochila y le da una sonrisa antes de regresar a dormir sin decir una palabra.
Esa mañana en particular Don Diego no estaba en casa, no estuvo ni ayer, y por eso el mocho estuvo todo el día con el Capi Galeana.
El mocho así le dicen en su colonia porque tiene una oreja deforme, pero de que escucha se las sabe de todas.
La patrulla se detuvo dos cuadras atrás del tianguis, caminaron hasta un puesto en la esquina frente al lugar donde se atoran los camiones como ballenas varadas, el Mocho busco con la vista el camión con el vidrio agrietado de cuando se le secuestraron a don Diego, el camión no paso.
El Mocho y el Capi comieron sus tortas despacio acompañándolas con un poco de Coca Cola al tiempo. El Capi le guiño el ojo a la cocinera, pago con uno de a veinte y una de a diez, no espero el cambio.
Están todos tiesos y…-
-Ay mi capi- dijo el mocho con una sonrisa dibujada en su cara morena –yo con esas si no me meto-
-cállate pinche mocho o te parto la madre-
-nomas no se me agrande mi capi- dijo el mocho guiñándole un ojo –ya sabe que aquí trabajamos juntos, ya sabe usté cooperación mutua y solidaridá-
.vele bajando pinche mocho- el capitán galeana esbozo una sonrisa –tenemos chamba y tengo que darle de comer a los muchitos-
El capitán galeana anota y habla por el radio, el mocho juega con los cadáveres, revuelve con una varita de madera los huesos astillados de los muertos.
-nombre estos nomas se vinieron aquí a morirse-
-no mi capi- el mocho se mostraba visiblemente emocionado –a este si le dieron un santo fregadazo.
El fémur estaba partido en dos, unido solo por una astilla de hueso, un poco mugroso se llegaba a ver de un tano claro de café del color de la tierra.
Apestaban.
Los cuerpos exhalaban un aroma podrido pero ligeramente suave, como a frutas silvestres fermentándose.
El arrollo corría lejos.
El radio vibro y sonó la alarma. El capitán galeana se limpia el sudor de la frente, una frente amplia con surcos por fruncirla tanto
-¿Qué pasa mi capi?
El Capitán se pasea de un lado a otro con su radio en la mano, no es capitán es oficial o teniente o un loco vestido de policía reportando cadáveres.
-Mejor aquí los dejamos no sea la de malas y se nos vayan a pudrir en la cajuela y vas a ver en que nos vamos a meter pinché mocho, no se vaya armar un pancho si encuentran a los ¿Cómo les dicen?, a simón los deudos- el capitán galeana mira al mocho por encima del hombro , el mocho sigue jugando con los huesos de allí juntos, el radio vuelve a sonar “no pues estamos aquí en el ejido, no no mames wey, no friegues, chinga tu madre pendejo”, el Capitán le hace un seña al mocho y entran a la patrulla, el Capitán sigue a la radio, cuelga
-Órale pinche mocho vamos por unas tortas, que no mames con este pinche calor ya me dio hambre
-Sales valedor que ya me ruge la tripa- el mocho se ríe, estornuda y se acomoda los jeans que se le van cayendo.
El mocho se gana la vida con las propinas que el capi le da por hacerle favores ya en la noche, en la mañana se va con el camionero Diego que vive junto a su casa de materiales y piso firme del que regala el gobierno, por toda la ruta que llega al estadio y a los viveros, y ahí va gritando las paradas del camión, y los pulmones se le atoran cuando los domingos invariablemente el camión no pasa frente al tianguis y exhala ese vapor que lo hace toser y le deja en la boca ese sabor molesto de caucho quemado, y ahí platicando con don Diego se entera de las tragedias cotidianas de la colonia y de los compañeros al volante de don Diego, el viejo chimuelo que maneja un camión con mil anécdotas, al final del día, de su día, a las siete de la tarde se baja frente a la estación de polis y don Diego le da su propina, el Mocho se baja con las monedas en el bolsillo izquierdo que es el que no está roto, a veces cuando el Capi Galeana no esta se queda con don Diego hasta en la noche y don Diego le invita unas tortas o algunas noches se queda en el camión con la botella de cerveza que le regalan los de la otra ruta mientras ellos se divierten en esa casa desahuciada con las ventanas rotas rodeada de mujeres con apariencia fácil, el Mocho sabe bien que pasa alla dentro pero no dice nada, solo mira a don Diego subir cansado para llevarse su mochila y le da una sonrisa antes de regresar a dormir sin decir una palabra.
Esa mañana en particular Don Diego no estaba en casa, no estuvo ni ayer, y por eso el mocho estuvo todo el día con el Capi Galeana.
El mocho así le dicen en su colonia porque tiene una oreja deforme, pero de que escucha se las sabe de todas.
La patrulla se detuvo dos cuadras atrás del tianguis, caminaron hasta un puesto en la esquina frente al lugar donde se atoran los camiones como ballenas varadas, el Mocho busco con la vista el camión con el vidrio agrietado de cuando se le secuestraron a don Diego, el camión no paso.
El Mocho y el Capi comieron sus tortas despacio acompañándolas con un poco de Coca Cola al tiempo. El Capi le guiño el ojo a la cocinera, pago con uno de a veinte y una de a diez, no espero el cambio.
lunes, 28 de diciembre de 2009
Les Hommes de la terre III
Alberto Mendoza
Detuvo en seco su golpe antes de que el puño cerrado se estrellara en su cara y le partiera la nariz, sus dedos casi rozaron su cara destrozada por las cicatrices que habían venido acumulándose en su cara asimétrica, desde pequeñas, mínimas e invisibles cicatrices en la frente, la enorme marca de un percance mayor arriba de sus labios y su mentón surcado de grietas y moretones, su mentón dañado que restaba la armonía artificial de sus ojos… Él esquiva otro golpe, y, va a llegar el momento en que no pueda esquivar más golpes, que deberá soportar el dolor de su nariz partida y el sabor oxidado, a fierro de su sangre en sus labios rosados que se volvieron blancos ahora, Él esquiva un último golpe antes de sentir el ardor tibio en su vientre y un par de golpes secos en la nuca, en la cabeza en la nariz, pero nunca en la frente, la sangre cae de su nariz formando un rio caudaloso pero no tanto, un rio con agua, un rio que carga sangre en vez de agua, una alegoría del papaloapan deTuxtepec, una burla irónica mientras su conciencia se va perdiendo, se va alejando, va perdiendo trascendencia, y el contorno negro del desconocido se disuelve en medio del olor de la carne chamuscada del puesterio del tianguis en el afán ruidoso del día que se revela frio.
Él se levanta, se sacude, se limpia la sangre seca de los labios y se limpia el contorno curveado de estos con la punta de su lengua, su lengua partido de nacimiento prematura, su lengua cortada, surcada como su mentón por grietas que desembocan en la húmeda punta rosada, Se sienta, se sienta en la acera sucia de polvo, se sienta junto a los charcos pestilentes de podredumbre, aun no es ni mediodía cuando llegan a comprar fruta, ya no vienen las catrinas, pero catrinas con jeans y teléfonos celulares que vibran bajo la tela rígida de sus bolsos enormes se pasean de lejos de vez en cuando, con enormes cristales oscuros que cubren sus ojos café oscuro, porque sus ojos claros se perdieron en laberinto genético de una centuria; tengo hambre no quiero plátanos podridos del puesto de Lucila no quiero encontrarme a Lucila y que me diga nene cuanto has crecido amor yo te conocí (y entonces esquematiza con los brazos un tamaño mínimo y exageradamente pequeño) ella me conoció cuando mi madre la señora del prado todavía compraba fruta en los puestos de ese tianguis alineados por toda la calle, ocupando la mitad del pavimento e impidiendo el paso a los camiones y a los autos, entonces los urbanos se quedaban varados y la gente estornudaba por los gases que exhalaban en sus descansos, Él piensa, el se acaricia la nuca, esta mareado y tiene frio, tiene hambre, tiene sed, pero no hace nada se queda parado contemplando el cielo gris que crece en todas las magnitudes y se termina en su centro mismo, en el claro donde las nubes dejan a descubierto un sol brillante que alumbra las rectas calles del centro, ligeramente orientadas al oriente, Él varado, Él cansado, Él sangrando, Él perdido, Él famélico, Él histérico, desesperado, pero en silencio, con un involuntario voto de silencio impuesto por el dolor de su nuca, yo creo que mis labios están muertos porque ya no siento palpitar la sangre y creo que mis ojos también están muriendo no distingo los arboles de los postes de luz aquí antes vivía mi abuela en su casa grande con su corredor que daba al patio donde estaban los pericos que se comían los geranios donde la perra hizo su nido y tuvo a sus perritos que cuando crecieron se los llevo la perra a quien sabe donde y los estuvieron buscando a ellos y a la perra unos siete meses hasta que la perra volvió a aparecer preñada de nuevo y se murió en el parto incluso cuando mi abuela le puso velas a todos los santos que tenía en la sala amontonadas junto a la ventana que daba a la calle donde se estacionaban los camiones urbanos que en un suspiro final exhalaban un humo tan ligero que entraba por las rendijas de las ventanas y ensuciaba el piso blanco de la sala con una capa de smog tan ligera que solo se veía en los pies descalzos cuando caminaba de su cuarto a la cocina por un pedazo de queso rancio. Él se levanto, una cara de dolor, un rictus de sufrimiento impreso en su rostro maltrecho, Él se levanto y camino a la parada de camiones, tres calles abajo, Él siguió en silencio y saco de su pantalón una brillante moneda dorada, subió al camión y la puso en la mano del conductor espero el cambio y no dijo nada.
Detuvo en seco su golpe antes de que el puño cerrado se estrellara en su cara y le partiera la nariz, sus dedos casi rozaron su cara destrozada por las cicatrices que habían venido acumulándose en su cara asimétrica, desde pequeñas, mínimas e invisibles cicatrices en la frente, la enorme marca de un percance mayor arriba de sus labios y su mentón surcado de grietas y moretones, su mentón dañado que restaba la armonía artificial de sus ojos… Él esquiva otro golpe, y, va a llegar el momento en que no pueda esquivar más golpes, que deberá soportar el dolor de su nariz partida y el sabor oxidado, a fierro de su sangre en sus labios rosados que se volvieron blancos ahora, Él esquiva un último golpe antes de sentir el ardor tibio en su vientre y un par de golpes secos en la nuca, en la cabeza en la nariz, pero nunca en la frente, la sangre cae de su nariz formando un rio caudaloso pero no tanto, un rio con agua, un rio que carga sangre en vez de agua, una alegoría del papaloapan deTuxtepec, una burla irónica mientras su conciencia se va perdiendo, se va alejando, va perdiendo trascendencia, y el contorno negro del desconocido se disuelve en medio del olor de la carne chamuscada del puesterio del tianguis en el afán ruidoso del día que se revela frio.
Él se levanta, se sacude, se limpia la sangre seca de los labios y se limpia el contorno curveado de estos con la punta de su lengua, su lengua partido de nacimiento prematura, su lengua cortada, surcada como su mentón por grietas que desembocan en la húmeda punta rosada, Se sienta, se sienta en la acera sucia de polvo, se sienta junto a los charcos pestilentes de podredumbre, aun no es ni mediodía cuando llegan a comprar fruta, ya no vienen las catrinas, pero catrinas con jeans y teléfonos celulares que vibran bajo la tela rígida de sus bolsos enormes se pasean de lejos de vez en cuando, con enormes cristales oscuros que cubren sus ojos café oscuro, porque sus ojos claros se perdieron en laberinto genético de una centuria; tengo hambre no quiero plátanos podridos del puesto de Lucila no quiero encontrarme a Lucila y que me diga nene cuanto has crecido amor yo te conocí (y entonces esquematiza con los brazos un tamaño mínimo y exageradamente pequeño) ella me conoció cuando mi madre la señora del prado todavía compraba fruta en los puestos de ese tianguis alineados por toda la calle, ocupando la mitad del pavimento e impidiendo el paso a los camiones y a los autos, entonces los urbanos se quedaban varados y la gente estornudaba por los gases que exhalaban en sus descansos, Él piensa, el se acaricia la nuca, esta mareado y tiene frio, tiene hambre, tiene sed, pero no hace nada se queda parado contemplando el cielo gris que crece en todas las magnitudes y se termina en su centro mismo, en el claro donde las nubes dejan a descubierto un sol brillante que alumbra las rectas calles del centro, ligeramente orientadas al oriente, Él varado, Él cansado, Él sangrando, Él perdido, Él famélico, Él histérico, desesperado, pero en silencio, con un involuntario voto de silencio impuesto por el dolor de su nuca, yo creo que mis labios están muertos porque ya no siento palpitar la sangre y creo que mis ojos también están muriendo no distingo los arboles de los postes de luz aquí antes vivía mi abuela en su casa grande con su corredor que daba al patio donde estaban los pericos que se comían los geranios donde la perra hizo su nido y tuvo a sus perritos que cuando crecieron se los llevo la perra a quien sabe donde y los estuvieron buscando a ellos y a la perra unos siete meses hasta que la perra volvió a aparecer preñada de nuevo y se murió en el parto incluso cuando mi abuela le puso velas a todos los santos que tenía en la sala amontonadas junto a la ventana que daba a la calle donde se estacionaban los camiones urbanos que en un suspiro final exhalaban un humo tan ligero que entraba por las rendijas de las ventanas y ensuciaba el piso blanco de la sala con una capa de smog tan ligera que solo se veía en los pies descalzos cuando caminaba de su cuarto a la cocina por un pedazo de queso rancio. Él se levanto, una cara de dolor, un rictus de sufrimiento impreso en su rostro maltrecho, Él se levanto y camino a la parada de camiones, tres calles abajo, Él siguió en silencio y saco de su pantalón una brillante moneda dorada, subió al camión y la puso en la mano del conductor espero el cambio y no dijo nada.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

