lunes, 28 de diciembre de 2009

Les Hommes de la terre III

Alberto Mendoza
Detuvo en seco su golpe antes de que el puño cerrado se estrellara en su cara y le partiera la nariz, sus dedos casi rozaron su cara destrozada por las cicatrices que habían venido acumulándose en su cara asimétrica, desde pequeñas, mínimas e invisibles cicatrices en la frente, la enorme marca de un percance mayor arriba de sus labios y su mentón surcado de grietas y moretones, su mentón dañado que restaba la armonía artificial de sus ojos… Él esquiva otro golpe, y, va a llegar el momento en que no pueda esquivar más golpes, que deberá soportar el dolor de su nariz partida y el sabor oxidado, a fierro de su sangre en sus labios rosados que se volvieron blancos ahora, Él esquiva un último golpe antes de sentir el ardor tibio en su vientre y un par de golpes secos en la nuca, en la cabeza en la nariz, pero nunca en la frente, la sangre cae de su nariz formando un rio caudaloso pero no tanto, un rio con agua, un rio que carga sangre en vez de agua, una alegoría del papaloapan deTuxtepec, una burla irónica mientras su conciencia se va perdiendo, se va alejando, va perdiendo trascendencia, y el contorno negro del desconocido se disuelve en medio del olor de la carne chamuscada del puesterio del tianguis en el afán ruidoso del día que se revela frio.
Él se levanta, se sacude, se limpia la sangre seca de los labios y se limpia el contorno curveado de estos con la punta de su lengua, su lengua partido de nacimiento prematura, su lengua cortada, surcada como su mentón por grietas que desembocan en la húmeda punta rosada, Se sienta, se sienta en la acera sucia de polvo, se sienta junto a los charcos pestilentes de podredumbre, aun no es ni mediodía cuando llegan a comprar fruta, ya no vienen las catrinas, pero catrinas con jeans y teléfonos celulares que vibran bajo la tela rígida de sus bolsos enormes se pasean de lejos de vez en cuando, con enormes cristales oscuros que cubren sus ojos café oscuro, porque sus ojos claros se perdieron en laberinto genético de una centuria; tengo hambre no quiero plátanos podridos del puesto de Lucila no quiero encontrarme a Lucila y que me diga nene cuanto has crecido amor yo te conocí (y entonces esquematiza con los brazos un tamaño mínimo y exageradamente pequeño) ella me conoció cuando mi madre la señora del prado todavía compraba fruta en los puestos de ese tianguis alineados por toda la calle, ocupando la mitad del pavimento e impidiendo el paso a los camiones y a los autos, entonces los urbanos se quedaban varados y la gente estornudaba por los gases que exhalaban en sus descansos, Él piensa, el se acaricia la nuca, esta mareado y tiene frio, tiene hambre, tiene sed, pero no hace nada se queda parado contemplando el cielo gris que crece en todas las magnitudes y se termina en su centro mismo, en el claro donde las nubes dejan a descubierto un sol brillante que alumbra las rectas calles del centro, ligeramente orientadas al oriente, Él varado, Él cansado, Él sangrando, Él perdido, Él famélico, Él histérico, desesperado, pero en silencio, con un involuntario voto de silencio impuesto por el dolor de su nuca, yo creo que mis labios están muertos porque ya no siento palpitar la sangre y creo que mis ojos también están muriendo no distingo los arboles de los postes de luz aquí antes vivía mi abuela en su casa grande con su corredor que daba al patio donde estaban los pericos que se comían los geranios donde la perra hizo su nido y tuvo a sus perritos que cuando crecieron se los llevo la perra a quien sabe donde y los estuvieron buscando a ellos y a la perra unos siete meses hasta que la perra volvió a aparecer preñada de nuevo y se murió en el parto incluso cuando mi abuela le puso velas a todos los santos que tenía en la sala amontonadas junto a la ventana que daba a la calle donde se estacionaban los camiones urbanos que en un suspiro final exhalaban un humo tan ligero que entraba por las rendijas de las ventanas y ensuciaba el piso blanco de la sala con una capa de smog tan ligera que solo se veía en los pies descalzos cuando caminaba de su cuarto a la cocina por un pedazo de queso rancio. Él se levanto, una cara de dolor, un rictus de sufrimiento impreso en su rostro maltrecho, Él se levanto y camino a la parada de camiones, tres calles abajo, Él siguió en silencio y saco de su pantalón una brillante moneda dorada, subió al camión y la puso en la mano del conductor espero el cambio y no dijo nada.

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