Y era el fin.
>>y mientras nos dábamos cuenta caminábamos por la ciudad en silencio, apenas iluminada por unos cuantos faroles que se apagaban y encendían y en donde las palomillas retozaban con la luz escapista, un par de ruidos lejanos disimularon nuestra vagancia.
Las calles en silencio casi sepulcral solo de vez en cuando alteradas por el trágico chillido de una ambulancia.
Alguien enciendo un cigarro, un cigarrillo viejo, arrugado, rancio de todo ese tiempo que venia guardado en el bolsillo.
>>hace ya tiempo que habíamos dejado de tener frío.
Los viejos abrigos, rotos como laminas a mitad de las lluvias torrencialmente interminables del verano. Había arroyuelos discurriendo ilusos por el asfalto deshecho
>>Olía a tabaco, el penetrante aroma nos infundio fuerzas, fuerza débiles sin sentido, ni siquiera ya nosotros hablábamos, no, solo nos mirábamos con ojos lejanos y tristes como resignados al resto del tiempo, un tiempo absurdo cuyo final nos venía acechando desde que salimos de la Catedral.
Las sombras amorfas. Dispersas aquí y allá, pero unidas por la gravedad de sus pasos y la tristeza en sus miradas invisibles, sus ojos lejanos de moribundos.
>>Vamos a morir hoy, y si no mañana, y si no pasado mañana
De nuevo el curso improbable del tiempo, detenido en su momento y vuelto a poner en marcha.
>>Ya no siento ni que el viento roce mi cara
El centro de la ciudad, sumergido en esa calma engañosa, las sombras ocupadas buscando un camino iluminado donde despilfarrar su tiempo absurdo que se pierde en cada esquina,
>>Cuando cruzaba la calle, no sé ellos, pero yo, sentí como se desmoronaba mi cuerpo y cedía ante su propio peso, pero no podía caer allí, justo en medio de la calla húmeda por la llovizna que nos desconcierta
Los autos que pasan en las desiertas calles rotas y divididas por barricadas improvisadas, los autos que rozan el lodazal, y manchan de barro sus vestimentas rasgadas. Ya sucias por todo el tiempo que llevan pegadas a su piel huesuda
>>Aun no tengo miedo de morir, solo un poco de hambre, y la terrible y mórbida sensación de que no podre saciarla nunca más.
Hoy hay ruido de cohetones, hoy no hay nada, las barricadas abandonadas a la intemperie, la ciudad en relativa calma, esos hombres ya muertos que vagan por las calles en penumbras relucientes.
>>Nunca supe sus nombres, solo los vi venir poco a poco, conmigo, uniéndose a la caravana macabra, pero ellos van y caminan con paso decidido pero austero, uno va dejando el rastro de su sangre que llueve desde su nariz partida, y el otro va gimiendo lentamente mientras su rodilla se torna morada, y uno más dejo de quejarse hace tiempo ya de el vidrio roto que se le encajo en el pie.
La lluvia vuelve a caer, ligero sobre el pavimento, emocionándose en un crescendo intenso. La tierra, el asfalto, huele a lluvia, y cerca de los bordes de los riachuelos de aguas negras que discurren silenciosos por la ciudad en el caos, el ruido de los grillos parece implorar mas lluvia, comienza cerrarse más el cielo, y la penumbra se adueña de todo, las nubes cubren la luna y las estrellas, solo la tenue luz de los faroles fundiéndose en las calles tan en calma, se siente ese aire mórbido, pesado, como un funeral perpetuo y el ruido de otra sirena que altera la calma fúnebre del silencio, un pacto implícito solo por esa noche cruel, y las sombras que se deslizan por doquier, siempre juntas y unidas, dejando ese rastro fatal a su paso, como fantasmas vivos que se consumen instante tras instante, que aparecieron de pronto como esos escarabajos negros, justo después de la lluvia, pero nadie noto su presencia, porque ese día el aire no olía a humo y la calma virginal se percibía como una presión aun mayor que el caos, las sombras están por aquí y por allá, con sus lamentos silenciosos, y acompasados al ritmo del tiempo, nadie los mira y nadie se pregunta que hacen allí, y si lo hacen no lo sabrán, y de pronto las sombras, acostumbrados a la niebla lluviosa, no ven más allá que su próxima pisada.
>>Alguna vez me preguntaron que quien era, que era, y no supe que decir, se me helo la sangre y miro a esa gente con ojos de odio, y es que ni siquiera yo sé lo que somos, ni siquiera yo se quien soy… ¿Acaso tiene importancia?
Las llamas consumiéndose tan cerca que se siente el calor de la fogata. Llueve.
>>pisar en falso, una herida abierta inconstante, que sangra rápidamente y después ya no siento las piernas, y mis pies están fríos por la sangre derramada, mi pantalón es una sopa sanguinolenta, ya no tengo vida, la vida se escapa con el sudor de mis sienes, y lo mismo ellos, se tropiezan pero aun así siguen, seguimos, moribundos y agónicos, pisando los trozos de vidrio desparramados aquí y allá en esos callejones hostiles.
Muy lento, muy lento, muy lento comienza a amainar. Escampa y al cabo de un rato discurren serenos arroyos por el canal de las aceras, unas cuantas ranas cantan en el arroyo de Xochimilco, una marcha fúnebre para las sombras que se mueven lentas por la calle húmeda, el ritmo de la lluvia es el ritmo del tiempo el golpeteo suave extasiado a momentos por los autos o por sirenas, o por gritos o chiflidos incidentales que comienzan a romper la calma nocturna, amanece domingo, pero sigue tan obscuro como al anochecer de sábado, esos enormes nubarrones no se despegan del cielo, se aferran a el como un pequeño a su madre, y llueve y escampa, y llueve y escampa, y llueve… , y como amanece comienza a hacer frío, ese frío húmedo e intenso que cala hasta los huesos, pero las sombras no tienen tan siquiera huesos, ya no sienten el frío y se notan pálidos mas pálidos ahora, y caminan arrastrando los pies por todo el camino del acueducto, las manchas de sangre que dejan a su paso se evaporan lentamente con los primeros rayos del sol que se antoja agonizante.
>>Ya no se que sentir, si el peso de mi espalda o el peso del cielo, estoy cada vez mas sofocado. ¿Quién soy?
Y ellos ya sienten la agonía que les pesa en la espalda, la sangre solidificada en su rostro que no se molestan en limpiar, los pantalones rígidos y acartonados, el sabor a vomito y sangre, ese olor nauseabundo a muerto, ese olor que despiden y que atrae a dos gavilanes, el cielo se ve morado y naranja, y de pronto es del mismo color que la sangre de las sombras, la sangre que derraman por sus heridas, en sus pies destrozados y descalzos ya, en sus manos casi negras por el frío, y en sus ojos hinchados por no haber dormido días, ya se tropiezan con todo, siguen en línea recta, dispersos y se van uniendo a medida que el día comienza a clarear y se distinguen dos o tres cantos de gallos a la distancia, y un par de cuetes anunciando que llego el domingo y la ciudad sigue jodida.
>>Ya no puedo, seguir mis pierna se mueven pero yo no siento, estamos lejos, yo al menos estoy lejos, ya no siento nada ni el par de vidrios encajados en mis pies, estoy lejos, como para ver las luce apagarse y el cielo tornarse gris claro y los primero rayos colarse por ahí, y escuchar las llamadas a misa de ocho y los altavoces con la radio a todo volumen, pero cada vez estoy mas lejos, ya no distingo nada mas, solo algunos ruidos dispersos, y se que los demás están allí, tumbados, mórbidos agonizantes, pero ya no sentimos, somos insensibles ahora, somos como las rocas, y eso somos, somos polvo… somos tierra… ¿Quién soy?, no soy nadie, sin nadie, soy con ellos ¿Quiénes somos?, somos polvo, somos tierra, somos los hombres de tierra, somos los hombres de la tierra, y aun así tenemos miedo a morir….
Allí estaban los cinco, en la hierba tumbados junto a las rocas puntiagudas, mientras el aire se llenaba con el hedor de las llantas quemadas y el panorama con los reflejos distantes de espejos en los techos, un helicóptero paso rozando el cielo gris, y un par de tiros en la distancia difusos, como la vista de los 5 hombres agonizantes tumbados sobre la hierba junto a las rocas puntiagudas.
>>Y yo sabía que era el fin.
Y era el fin, y mientras nos dábamos cuenta nos convertimos en estatuas de sal, y mientras moríamos, agonizábamos, el cielo se torno azul, y los rayos de sol e deslumbraron, y era el fin… allá lejos unos cuantos tiros y el humo se disuelven en el aire enrarecido, allí abajo unas campanas llaman a misa de ocho…
y sobre los cuerpos inertes se posan los gavilanes y el viento mece las copas de los cazahuates.
jueves, 26 de noviembre de 2009
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