Entereza del tiempo
I
Le dije que sí, que el pueblo había sido importante, hacía ya tiempo, pero que al fin y al cabo eso no importaba mucho.
La estación era larga, los andamios estaban rotos y los durmientes carcomidos por las polillas.
Me pregunto si alguna vez había viajado en tren, le dije que no, que no me había tocado, pude ver como una chispa se apagaba en su mirada de pichón.
El camino era rocoso, calcareo y árido, a ambos lados crecía gigantescos organos y redondas biznagas donde se posaban pájaros negro-azulados que resplandecían con el sol.
Le dije que ya no hay tren, "¿Aquí?" Al menos aquí, le respondí, porque en el norte y en Veracruz y en Puebla, (ya hasta en Tuxtepec que es mas Veracruz que Oaxaca) yo recuerdo haber visto los trenes, largos y esbeltos, cargados de no se que diablos, y con las paredes oxidadas.
El pueblo, también queda lejos del río, solo un arroyo seco cruza el pueblo conservando en su lecho, una fina arena del mismo color que las piedras; allí no hay mangos como en Cuicatlán, allí no nació nadie como en Teotitlán, pero solo allí la estación resplandece con los últimos rayos del sol, pegando en el techo de lamina.
Luego corrió por toda la vía, con la vista fija en los durmientes, yo la observaba desde el sitio opuesto, en la plataforma de madera; me sonrío y siguió caminando, corriendo saltando, jugando con el sonido fantasma del tren.
Le dije que nos fuéramos, hacia calor, en el automóvil había un disco de Jazz, atrás en la cajuela venían amontonados y asoleandose sus libros, se escuchaba como se golpeaban mientras salíamos de Tomellín. creo que puse el aire acondicionado porque había una polvareda que me impedía mantener los vidrios abajo y el calor era insoportable...
Cuicatlán es grande, un pueblo bonito, arriba el despeñadero parece que va a caerse sobre las casas de teja y lamina ardiente.
Desayunamos en una fonda, frente a la estación de trenes también.
Mas allá al fondo el azul del río se descomponía en una variedad de juegos lumínicos interesantes.
Nos dijeron que allí cerca había un lugar donde anidaban las guacamayas, pero preferimos pasear por el pueblo y después bajar al río y caminar por las riberas, nos acostamos en la orilla en una enorme piedra plana bajo la sombra de un mangal.
II
Como a eso de las dos de la tarde ella me insistió que fuéramos a Huautla, hacía tiempo que había ido y no me acordaba muy bien donde estaba; pregunté pero me dijeron que no nos iba a dar tiempo. Comimos armadillo en un lugar que no recuerdo dimos otro paseo hasta un mirador donde se dominaba toda la cañada y entre los dos nos comimos un mango.
La cañada es laga y verde en el centro, un exuberante oasis dividido por la carretera.
No se muy bien porque regresamos a tomellín, ella quería ver un tren, yo le dije que ya no había y ella me pidió que esperáramos, yo puse un disco de Armstrong y ella leía un libro de Virginia Woolf (siempre ha sido adepta a la literatura femenina), yo sabía que el tren no iba a a aparecer y le dije que saliéramos a dar una vuelta al pueblo.
Es un pueblo minúsculo, en realidad, la estación es todo el pueblo, mas allá de ella no hay mas de un par de cuadras en todas direcciones.
Tomellín es un pueblo fantasma, le dije eso y le causo gracia, dijo que se sentía en película de vaqueros y cuando me reí, empezó a llover, subimos al auto y paro la lluvia, le dije por última vez que el tren no iba a aparecer, me miro decepcionada y me dijo que nos fuéramos.
III
Cuándo nos íbamos yendo el auto se atoro en unas rocas, ella ya estaba dormida; estaba anocheciendo, me baje a ver la situación del problema: era una sola piedra enorme que retire con un poco de esfuerzo, al terminar inevitablemente volteé hacia el pueblo, y allí estaba, varado en las vías un tren largo y esbelto que de pronto comenzó a moverse y se perdió entre los pliegues de las montañas.
"¿Qué paso?", Nada le dije y arranque para conducir y devorar los kilómetros de esa agreste carretera hasta Oaxaca.
viernes, 30 de abril de 2010
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